miércoles, 9 de diciembre de 2015

Una idea genial



Un día tuve una idea genial. Una idea tan genial que en realidad eran billones de ideas, y no solo eso, esas billones de ideas creaban otras billones de ideas más, que a su vez creaban otras de manera infinita e inagotable. Era mi mejor idea. Durante siglos y siglos mi idea fue creciendo, y las nuevas ideas que de ella surgían, me dejaron de recordar como lo que era, su creador. Mis ideas tuvieron ideas que las alejaban de mí, al punto de olvidarme. Yo siempre pude ver dentro de ellas, porque ellas eran ideas mías más allá que no lo supiesen.  Aunque no me reconocieran yo estaba dentro de cada una de ellas, desde la más grande a la más pequeña, todas tenían algo de mí. Las ideas más antiguas me recordaban y me respetaban como su creador, pero las ideas más jóvenes e inexpertas  casi no me reconocían, más allá de que las ideas más viejas trataran de comunicarles quien era su creador, las nuevas ideas creían solo en lo que las rodeaban al momento de nacer. Yo no las juzgo, a veces, la idea que les llegaba de quién era su creador era difusa y lejana a la verdad.  Yo lo sé porque estuve ahí, mucho más cerca de que lo que creían, dentro de cada una de ellas, allí en el origen. Yo las amo a todas por igual, al fin y al cabo, todas son mis ideas. No hay nada que decirles porque al estar dentro de ellas, en su interior saben todo lo que yo sé. Me gusta verlas crecer y reproducirse, de esta manera tengo mas ideas y mas experiencia. Hay veces que me tengo que contener para no decirles quién soy y que ellas no corren riesgo al estar dentro mío y yo de ellas. A veces sienten miedo creyendo que algo les puede pasar, y hasta creen estar solas. Pero me contengo, prefiero que hagan su camino y creen muchas mas ideas mientras tanto. Son tantas y tan variadas que hasta yo mismo me sorprendo de las ideas que surgen de mis ideas.Y así estamos, mis ideas que son pedazos de mi, y yo que soy ellas, y ellas son una idea es genial.

sábado, 27 de junio de 2015

Cordero

Alguna vez fui cordero y me comieron. Era lógico, yo ya estaba en edad, mi carne era sabrosa y cumplía quince la mayor de las hijas de la chacra. Me acuerdo que me fueron a buscar al corral, vinieron el padre y el hermano de la cumpleañera. Yo estaba con dos de mis hermanos, nos miraron a los tres y en ese momento el muchacho me señaló, y ahí me di cuenta que todo estaba dicho. Un escalofrío me corrió por la espalda, sentí la vibración de la muerte en todo mi cuerpo. Tuve miedo, después me sentí libre. El hombre mayor me tomo entre sus brazos y me llevó a la sombra de un árbol, no hizo falta que me aten, me mostré rendido ante ellos desde el principio. Recuerdo el sonido del metal del cuchillo afilándose en una piedra húmeda, recuerdo el olor a orina, a pasto, el tiempo se detuvo. Primero me tomaron del cuello, era una mano grande, seca y caliente. Después sentí el ardor del metal que me penetraba unos centímetros más abajo, el último dolor. Quise sentir odio pero no pude, ya estaba en una realidad donde solo existe amor. Sentí un amor profundo por las dos personas que cortaban mi carne, pude ver que no lo hacían con malicia, ellos me habían criado. Satisfecho por la escena los despedí y me fui. Volví a ser carne, y me olvidé todo lo sucedido. Ahora mi cuerpo es humano, no tengo lana ni como pasto. Pero una mañana se me cruzó la idea de que alguna vez fui cordero y me comieron.

viernes, 8 de mayo de 2015

SUEÑO

Estamos soñando despiertos. Despiertos allá, soñando acá. Pero como en la mayoría de los sueños, no nos damos cuenta que estamos soñando. No es un sueño igual al que podemos experimentar cuando dormimos. Está en otro código, más denso. Hace muchos años vivíamos sabiendo que esto era un sueño, pero nos fuimos olvidando. Nuestra codicia nos cegó, y empezamos a vivir el sueño como si fuera nuestra vida real.  Creímos que estos cuerpos somos nosotros, que hay peligro de que realmente nos suceda algo malo en este mundo, y así creamos el miedo. Y con el miedo nos dominamos entre nosotros desde viajes épocas, ahora remotas. Y lo más ilógico de todo: creamos el miedo a la muerte, o sea, que tememos despertar y saber que estábamos soñando. Este es el precio de ser carne, que la carne siempre quiere hacernos creer que ella es parte de nosotros. Y a todos nos convence en algún momento. Por eso iluminarse significa tener claro que cosas son de la carne y que cosas somos nosotros. La carne tiene un arma muy poderosa: la mente. Ella nos resuelve muchos problemas, pero si le otorgamos mucho poder nos domina, y nos hunde mas en el olvido de lo que somos, nos engañamos creyendo que somos nuestras mentes, que somos carne. La mente desde que nacemos que trabaja en nosotros creándonos un ego. El ego es la herramienta puntual que la mente usa para que nos identifiquemos con ella. Todas las emociones negativas que vivimos a diario son producto del ego, que nos hace creer que somos carne, que la única vida es la que nos rodea.  Todo lo que nos rodea es algo creado para tener un sueño perfecto, o al menos así lo era. Un planeta para disfrutar tal cual fue creado, soñando en conjunto. Hoy ya nos olvidamos de todo eso, tenemos miedo de que la naturaleza nos despierte, creemos en la muerte. Qué fácil nos dominan, usan nuestro sueño como energía. En lugar de hacer lo que sentimos, usando todos nuestros miedos nos hacen cumplir ridículas reglas, consumir estupideces innecesarias, trabajar en cosas que detestamos. Básicamente regalamos nuestra experiencia en la tierra a la clase dominante. Ellos nos mantienen enfermos, pobres, cansados a algunos y a otros con cargos  “más importantes” los mantienen los suficientemente cómodos para asegurarse la lealtad al sistema por sobre el resto de sus hermanos.  Cuando uno está cómodo no se pregunta tanto ¿por qué? Pasaron tantas generaciones humanas creyendo que esto era lo real, que el sufrimiento existe, que hoy por hoy es muy difícil acordarnos de la verdad. Pero la verdad está ahí, nunca se borró del todo, simplemente estuvo oculta esperando el momento de salir a la luz. Hubo varios de nosotros que nacieron  despiertos, sabían la verdad y la compartieron. Pero el mensaje de los despiertos, llamados profetas, fue adueñado por religiones que lo utilizaron para beneficio de las clases dominantes. En este momento estamos en una época de transición, transición hacia la verdad. Muchas mentiras están a punto de caer, grandes mentiras, cosas que casi todos creemos que es verdad. No hay que tener miedo, hay que rendirse ante lo que está empezando a suceder, aceptarlo profundamente porque es la verdad. No hay que sufrir por las cosas que van a pasar, al contrario, hay que aprender de ellas. Para que no nos falte nada hay que compartir hasta el último grano de arroz. Hay que tener confianza hasta en el lugar más difícil. Porque esto aparte de ser un sueño, es una prueba. Vinimos de la misma forma que vamos a los sueños, de una manera inorgánica que llamamos alma, pero realmente estamos en otro lado. Conectarse con ese que está allá es la manera de recordar la verdad, nuestra misión. Viajar a nuestro interior es un camino para llegar a la verdad, pero para eso hay que silenciar al ego, y esto es muy difícil. Para empezar hay que identificar al ego, identificarnos como alguien más allá del ego es la parte más difícil. Es como dar un paso al vacío. Aceptar que no somos  todo lo que creemos que somos da escalofríos. Nuestro pasado en esta tierra no es nuestro pasado real, ni tampoco nuestro futuro. Estamos todos juntos en otro lugar donde tampoco tenemos pasado y futuro porque no hay tiempo.

Es muy importante que empecemos a recordar lo que somos antes de que sea tarde y nuestros sueños se transformen en pesadillas. No hay que preocuparse por nada, todos estamos sanos y salvos en otro lugar. Hay que hacer lo que hay que hacer, sin sufrir, sin olvidar que todos somos uno en unión con toda la naturaleza.

TEMBLOR

La muerte es un temblor en todo el cuerpo, la salida del alma genera una gran convulsión en la carne. La deja vacía de energía vital, lista para ser reciclada por la naturaleza. Desde un rey hasta un mendigo, todos somos futuros abonos para la tierra. Aunque embalsamen nuestros cuerpos, porque tarde o temprano algún explorador va a encontrar nuestra momia. El paso hacia dejar el cuerpo es lo último que sentimos estando dentro del cuerpo. Nos recuerda a nuestra entrada en el embrión, la cual ya olvidamos, como todo lo que vino antes. Pero cuando dejamos la carne dejamos el velo, dejamos el olvido que nos provoca tener un cuerpo. Despedimos la carne, la dejamos tatuada, panzona o arrugada, eso no importa, es solo carne. Y carne hay mucha y en constante renovación. La muerte es el abandono hacia algo nuevo, buscar otra carne, o otra forma física o simplemente permanecer en lo inorgánico, lo incorpóreo. La muerte es un temblor porque muchas veces no avisa, como la tierra cuando tiembla, nuestro cuerpo se va preparando para temblar sin que lo notemos. Un terremoto nos libera de la gravedad del cuerpo. Debemos despegarnos de los deseos, las cosas y las personas, despegarnos de todo con lo que nos identificamos siendo un cuerpo. Porque aferrarse a algo es cuestión de cuerpos, en el mundo intangible uno no se puede aferrar a nada, pero al mismo tiempo es parte de todo, no solo está aferrado sino que es incorporado al todo. Los miedos, los rencores, el sufrimiento son inventos de nuestra época de cuerpo, una vez que lo dejamos nos damos cuenta de que fuimos engañados por la carne y volvemos a ocupar un cuerpo para mejorar, y lograr que las conciencias florezcan dentro de la carne, y seamos quienes realmente somos cuando no tenemos cuerpo. Lo intentamos varias veces, todos estamos en distintas etapas de nuestro intento por florecer dentro del cuerpo. No es fácil, el mundo está gobernado por seres que no quieren que nos demos cuenta de nuestro real potencial como seres de luz. Tientan a la carne, para que se haga poderosa y nos domine. La comodidad, el entretenimiento, la mala alimentación y tantas otras cosas que hacen que prestemos nuestra energía a nuestra parte física y dejemos de la lado al alma.  Nos olvidamos que hacemos y simplemente dejamos que la carne haga lo que quiera. Estamos aprendiendo, a veces no es fácil discernir entre la carne y el alma. Un temblor nos unió y un temblor nos va a separar, mientras tanto vivíamos en la carne desde el alma.

DOS


Son dos y conviven en la misma casa, en la misma empresa. Cuando cada uno cumple su rol están bien, pero cuando la calculadora se cree científico es donde todo se trastorna. Cuando el capitán es reemplazado por el cocinero, el barco va directo a la comida. Esta el soñador, el creativo, el generoso y libre. Si no fuera por su inteligente compañero le sería difícil sobrellevar la densidad del ambiente.   Más que su compañero, debería ser su ayudante. Pero al ser este tan perspicaz, a veces se confunden los roles. Y el calculador quiere resolver temas del soñador, y los resuelve mal, los resuelve con miedo. Y el libre deja de serlo, hace suyos los errores de su segundo. Pierde tanto la libertad que termina creyendo que los problemas son propios. El calculador ya sin carga sale en busca de nuevos límites que atrapen al soñador, para que no vuele, le tiene miedo a las alturas. Le tiene miedo a todo lo que no puede calcular, todo lo contrario de su jefe. La mejor herramienta para sacar del sueño al soñador es el ruido, el despertador, la radio, la televisión, los autos, sonidos llenos de información interesante solo para el calculador. Es ahí donde el soñador se duerme más profundamente, al punto de creer que el prudente es quien dirige la batuta. Pero el calculador también se cansa, pocas veces, se cansa y dormita, no duerme. Y el soñador despierta, crea, siente, comparte verdad, vuelve a ser libre. Hasta que el calculador salta de la cama, ve la situación y con todo arremete contra su patrón. El soñador lo deja pasar, porque no odia a nadie. Cuanto más ratos tiene para hacer la suya el soñador, mas le cuesta al otro entrar con su valija de miedos y tiene que despachar algunos por encomienda. Y cuando se queda afuera un miedo, hay menos olvido y el soñador puede dar algún paso al vacío, su especialidad. Y los pasos nunca son al vacío, siempre pisa en algo que no era lo que esperaba pero que igualmente lo sostiene, y lo incita a dar más pasos como esos. Cada paso del soñador es una puñalada para el calculador, que como último recurso intenta quedarse con los méritos del paso. El cauto quiere hacer creer a todo el mundo que el paso fue idea suya, para que el soñador vuelva a ceder el timón. Y los demás tienen su papel en esta novela. Por lo general solo hablan con el previsor, ignorando al dueño del rancho, porque lo conocen mejor, es más extrovertido. El soñador hay veces que se vuelve un ermitaño, y no quiere saber nada de charlar con los de afuera. Deja que su compañero de hogar maneje las relaciones exteriores, y este hace las cosas a su manera. El ermitaño es silencioso y eso pone un nervioso al parlanchín. Cuando el soñador finalmente sale, se encuentra con una maraña de situaciones que debe aceptar para resolver. El verdadero autor de los hechos se mueve a un costado silbando bajito. Pero un ratito nomás, después con cara de pobrecito pide un poco de tele, o un cigarrillo. Y si el soñador se lo da, enseguida lo toma del hombro. Y otra vez lo mismo. Todo ese cablerio de situaciones repetitivas. Lo repetitivo es lo que busca el calculador, la rutina donde se puede competir, calcular, temer, juzgar. Porque aparte cree ser juez. Juez de todo. Para el soñador siempre hay sentencias negativas. Para él ir a juicio es lo mismo que perderlo. Porque el juez tiene la razón y un argumento para truncar todos sus planes. Jamás le da licencia para un nuevo emprendimiento. Hay veces, cuando el soñador está lúcido, que se acuerda que no debe pasar por un juicio para hacer lo que quiere. Y sin armar ninguna defensa da ese paso, según su compañero, arriesgando todo. Pero el soñador insiste que no hay riesgo de perder porque él no posee nada, lo que tiene es prestado. Y el calculador le recuerda que el sí posee cosas y las quiere conservar. Entonces ahí es donde el soñador debe tomar una decisión. O da un paso más en su sueño, o se queda quieto y deja que el miedoso de su compañero siga gobernando su vida.

martes, 23 de diciembre de 2014

La zona tranquila

Imaginemos un circulo invisible que nos rodea como sociedad, al interior de este circulo lo vamos a llamar  “zona tranquila”. Esta “zona tranquila” es donde convenientemente uno se debe ubicar para tener lo que comúnmente se llama una vida normal, o al menos así fue pensado. A medida que crecemos se nos van imponiendo ciertas reglas que debemos tomar como correctas, lo que hay que hacer para ser normal. Estas reglas nos las imponen en la escuela, en los hospitales, y en todo tipo de instituciones, pero principalmente nos las inculcan nuestros padres. Pero nuestros padres no hacen otra cosa que trasladarnos lo que ellos mismos aprendieron (o les impusieron) sobre estas reglas para permanecer en la aparente estabilidad de la “zona tranquila”, y esto va pasándose de generación en generación. Cuando hacemos algo fuera de esta “zona tranquila” recibimos un llamado de atención, por lo general de algún ser cercano a nosotros (obviamente de una persona que se maneja dentro de la zona en cuestión). No solo nos dicen que debemos movernos dentro de esta “zona tranquila” sino que nos trasladan sus miedos a moverse fuera de ella. Ni hablar si cuestionamos algo sobre la “zona tranquila”, ahí es donde vemos como la defienden a uñas y dientes, hasta parecer que no les fue impuesta, sino que todo es una idea personal, es por eso que funciona tan bien. Para vivir dentro de la “zona tranquila” debemos cumplir con varios requisitos, pero básicamente debemos hacer cosas que sean consideradas normales por el resto de la sociedad. Una persona dentro de la “zona tranquila” trabaja, paga impuestos, se atiende en clínicas u hospitales (de acuerdo a su poder adquisitivo), estudia (o al menos lo intenta), consume cosas que van mucho mas allá de lo necesario para vivir, respeta ciertas reglas de convivencia ciudadana, compra o alquila un lugar donde vivir, práctica una religión (aunque cada vez son menos), etc, etc, etc. La “zona tranquila” obviamente se fue adaptando a los tiempos que corren, ya que si fuese más rígida generaría mayor cantidad de personas fuera de ella. Tener hijos fuera del matrimonio hace medio siglo era estar fuera de la “zona tranquila”, cosa que hoy en día no sucede. De hecho si nos remontamos a unos siglos atrás la vida dentro de la “zona tranquila” era diferente en bastantes puntos a la actual. Mientras hagamos cosas dentro de la “zona tranquila” nadie nos va a cuestionar, ahora ante lo primero que hagamos fuera de sus límites, vamos a ser señalados y nos van a exigir explicaciones. Si en vez de comprar, heredar o alquilar un lugar para vivir, simplemente lo tomamos y lo ocupamos, seguramente vamos a recibir quejas por parte de las personas que si pagaron o pagan durante años un lugar como exige el código de convivencia de la “zona tranquila”, ya que si nosotros hacemos lo que ellos no pueden, van a tratar de boicotearnos y decir que no es posible, sacarán todas sus armas para no aceptar lo estúpidos que están siendo pagando por algo que otro puede tomar gratuitamente. Hay una premisa infaltable para vivir en la estabilidad de la “zona tranquila” y esto es no hacerse preguntas. O sea, no preguntarse por qué pagar muchísimo dinero para tener un pedazo de tierra en nuestro planeta sino que seguir pagando. Los ¿Por qué? Son las preguntas que mas enfadan a las personas que viven en la “zona tranquila”. ¿Por qué compraste eso sino lo necesitas? ¿Por qué tomás tanta medicación habiendo tantas plantas curativas? ¿Por qué salen tan caras esas zapatillas si el costo es de un dólar por par? ¿Por qué el costo es de un dólar? Estas y miles de preguntas mas. Por lo general los que nos movemos fuera de la “zona tranquila” somos personas que nos preguntamos mucho: ¿Por qué? A mi esa pregunta me llevó a dejar de tener cuenta en un banco, dejar de tener un trabajo en el que gano mas de lo que necesito para comer, dejar de consumir medicamentos, dejar de comprar ropa o cualquier cosa que no sea alimento, dejar de comer ciertos alimentos porque me enteré de que están hechos. Todo esto gracias a una simple pregunta. Estar fuera de la “zona tranquila”, (donde todo esta orquestado), es empezar a vivir la vida a la manera que a uno realmente le parece. Porque esa es otra cuestión, la gente dentro de la “zona tranquila” cree que es dueño de su vida cuando hasta el mas mínimo detalle de lo que hace ya fue pensado por otro. Uno se puede creer original por comprarse tal par de zapatillas, pero no solo fue pensado por otro el hecho de que la gente compre esas zapatillas, también fueron pensadas para que el que las compre se vaya a su casa pensado en lo original fue al hacerlo. Los alimentos, los espectáculos de cualquier tipo, los medicamentos, todo absolutamente todo dentro de la “zona tranquila” fue pensado con anterioridad. O sea, en la “zona tranquila” uno puede tener hambre, tener ganas de divertirse un rato o enfermarse siempre y cuando sacie esta “necesidad” con cosas que se brindan dentro de dicha zona. Ahora si a uno se le ocurre por ejemplo, sanarse con medicina natural pasa a estar fuera de los límites de la “zona tranquila” y seguramente las personas dentro de ella nos dirán que estamos locos. Peor aún si uno decide parir un hijo en su propia casa, seguramente nos dirán que estamos arriesgando su vida y que es mucho mas sano tenerlo en un hospital donde hacen cesáreas por cualquier motivo. Si dentro de la “zona tranquila” se dice que esta bien vacunarse, todos se vacunan y ven al que no lo hace como un irresponsable, lo que nunca se preguntan es de que está hecha esa vacuna y como es posible que haya mucha gente que no vacunó nunca y sin embargo son muy sanos. ¿Pero quién marca los límites de la “zona tranquila”? Los límites los imponen los poderosos, lideres políticos, religiosos o simplemente corporativos, todos ellos por lo general lo hacen a través de los medios de comunicación. Me cuesta creer como no nos damos cuenta de que estamos siendo manipulados, viviendo una vida dentro de un sistema que se nutre de nuestra energía. Antes al menos era mas obvio, con el látigo o con el fúsil, ahora es mucho mas sutil pero no menos peligroso. Somos esclavos de la “zona tranquila”, nos venden tranquilidad y bienestar para que no nos hagamos muchas preguntas, consumamos todo lo posible y nos muramos sin haber vivido ni un minuto libres de verdad.

La comodidad

La comodidad estanca, nos quita movimiento no solo en lo mundano sino también en niveles más profundos de nuestra existencia. Cuando uno esta incómodo tiende a buscar la comodidad pero este proceso suele ser engorroso, por el contrario aceptar la incomodidad y no renegar de su existencia nos mantiene vivos y evolucionando. Aceptar la incomodidad no significa no hacer nada para modificarla, sino que cambiar lo que haya que cambiar pero disfrutar del proceso y de la falta de cosas. Todos queremos tener electricidad en nuestra casa, pero si en algún momento no tenemos es mucho mas sano aceptar esto y experimentar lo que toca que acumular enojos hasta que vuelva la corriente. Estar incómodo no es realmente estar incomodo, sino que uno decide estar incómodo. ¿Cual es el límite para la comodidad? Cada uno lo decide de acuerdo a lo que su ego pretende o sus tradiciones se lo imponen. Para un occidental de clase alta el mínimo de comodidades en una casa esta lejos de lo que podría soñar un afgano promedio. Pero el afgano es más probable que este conforme con lo poco que tiene, antes de que el rico diga “no quiero más”. Porque los limites no existen cuando la mente a través del ego nos domina. Cuando uno tiene la conciencia despierta la incomodidad deja de existir, porque para estar incomodo con lo exterior primero hay que estar incomodo interiormente, y si uno elige cambiar ese interior a través de la búsqueda de la comodidad externa nunca llena ese maldito vacío. En resumen, si uno está encaminado en su misión, nunca va a estar incómodo porque nunca va estar vacío.